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Sebastián Lacunza: “El relato canonizado me empujó a escribir este libro”

Foto Pablo Aeli
(Foto: Pablo Añeli).

Sebastián Lacunza dirigió el Buenos Aires Herald durante cuatro años, entre 2013 y 2017, en los que se encontró con testimonios, datos y anécdotas que lo impulsaron a indagar en la historia del diario de habla inglesa más longevo de Iberoamérica y ese recorrido lo plasmó en “El testigo inglés”, una investigación que va más allá de la historia de un medio para marcar preguntas sobre el ejercicio del periodismo, el contrato con los lectores y las tensiones con el poder en distintos momentos históricos.

Fundado en 1876 por el escocés William Catchcart como un espacio de servicios sobre el movimiento portuario, el Herald atravesó distintas etapas de la Argentina pero sin dudas fue la de la última dictadura cívico militar la que le dio su característica más conocida: fue el diario que publicó las denuncias de los familiares de los detenidos y desaparecidos en el contexto más duro de la represión.

Esa acción tuvo dos nombres claves: el británico Robert “Bob” J. Cox y el argentino Andrew Graham-Yooll. El primero como director y el segundo como redactor. En esos años, ambos se terminaron exiliando pero en distintos momentos. Primero Graham-Yooll en 1976, mientras que Cox lo hizo en 1979. Ese vínculo y sus contradicciones también es un hilo que puede seguirse en el libro editado por Paidós.

Foto Pablo Aeli
(Foto: Pablo Añeli).

Lacunza asume la incomodidad de contar las luces y sombras del medio en el que trabajó y llegó a dirigir antes de un cierre abrupto en 2017 pero que antes tuvo una transformación: pasó de diario a semanario. Esa incomodidad le permite poner el foco en las contradicciones y convocar a volver a leer capítulos de la historia argentina desde la intersección de poder y medios de comunicación.

Télam: Contás los 141 años de historia de un diario. ¿Cómo fue el contrato del Herald con los lectores a lo largo de tiempo?

-Sebastián Lacunza: Hubo un momento clave que fue la dictadura, donde fue tal el shock que generó una ruptura del contrato de lectores con algunos que trataban a Cox de comunista, lo cual es un dislate absoluto. Es un liberal conservador, un demócrata cristiano, un tipo de centroderecha con una mirada humanista antiperonista toda su vida. En el caso de Andrew (Graham-Yooll) fue más marcado, él fue concretamente señalado como izquierdista, simpatizante de Montoneros y del ERP por el entorno vinculado a los propietarios y por lectores. En la redacción hubo una pregunta acerca de qué hacer con ese legado. En la década del 90 eso provocó un nuevo quiebre en la redacción. El “coxismo” quería centrar la figura del Herald en la dictadura y Andrew dijo “basta, no somos más el diario de los derechos civiles”, quiso reducir o borrar el tema.

-T: Sin embargo, él fue el primero que tuvo que irse del país en esos años y emprender un exilio en soledad…

-S.L.: Andrew es un hombre con una vida muy dura desde la infancia y reactivo al relato épico. Cox y Uki Goñi asumieron una historia del Herald y él se replegó al punto de que no quiso ni escribir sobre el tema, borró al Herald, cuando estuvo vinculado al diario toda su vida, también cuando estuvo en Londres.

En parte puede haber sido un cambio ideológico de la inmadurez y también la voluntad de separarse de Cox. Andrew colaboró con el gobierno de Menem de una forma decidida y comprendió los indultos. Algo le gustaba de Menem, aunque nunca se hubiera permitido ser menemista.

-T: ¿Hablaste con Cox después de la salida de libro?

-S.L.: Tuve idas y vueltas con él, con elogios y críticas desmedidos y un vínculo personal super cordial. Fue decepcionante encontrarme con opiniones que contradecían tanto lo que me decía cara a cara. Después del libro, su mejor amigo Harry Ingham, quien en el 76 difundió que Andrew y Micaela, su mujer, eran terroristas, me dijo que Cox le había dicho que se estaba enterando de muchas cosas del Herald que no sabía.

-T: ¿Qué fue lo más difícil, lo que más te costó al momento de escribir el libro?

-S.L.: Sobre la historia de Cox para acá, de los 60 para acá había una presunción sobre eso, había un relato canonizado sobre el que me fui enterando más y más y me empujó a escribir el libro. Mientras trabajaba me enteraba de las particularidades de la dictadura, de los diferentes puntos de vista entre los tres directores, de las tapas heroicas y los editoriales abyectos en la misma semana. No había punto de quiebre. Volcarme a eso, si bien fue lo más denso, fue pisar más sobre seguro. La etapa previa a la llegada de Cox hubo que construirla con la hemeroteca. En cuanto a costo de trabajo fue complejo explorar lo inexplorado, los primeros 80, 90 años, parte de ellos fueron muy pobres periodísticamente. Luego ya hubo un costo de otro tipo en la necesidad de hacer un registro de los años que me tocaron vivir, que estuvieran lo menos influido posible por mi posición personal, mis creencias, mis críticas y tratar de seguir en el registro que elegí para el libro.

-T: Justamente en esa parte en la que estuviste a cargo del diario, se puede leer una reflexión sobre las contradicciones de alguien a cargo de una redacción. ¿Cómo fue revisar esa etapa?

-S.L.: Dirigir un medio es una montaña rusa que un día termina y al día siguiente empieza otra entonces las reflexiones son un poco vertiginosas. La propuesta inicial fue escribir una memoria sobre los cuatro años que estuve a cargo del diario, a raíz de un texto que escribí en Anfibia, pero me fue pareciendo más interesante no centrarlo en mí y en esos años para ir a la historia.

Foto Pablo Aeli
(Foto: Pablo Añeli).

El relato de que el Herald fue el diario liberal que reaccionó contra la dictadura también había construido una noción sobre su primer siglo de vida, portada por Cox y repetida por el coxismo, de que había sido un medio decente, liberal, formado por emprendedores de espíritu aventurero. Y fue fundado por una persona que a los cuatro meses fue detenida por difundir un cable falso para afectar cotizaciones de papeles argentinos y el siguiente dueño fue detenido por una compulsión al fraude que traía de Estados Unidos y que acá le hizo fundar una segunda identidad con la que repitió los pagarés sin fondos y la falsificación de firmas. El Herald sacaba la cara por intereses financieros empresariales británicos. Esa información me ayudó a terminar de construir el relato.

Si no hubiera sido por la personalidad de Bob Cox, el Herald podría haber transitado como un medio más y quizás hubiera cerrado hace tres décadas. Hubiese sido un diario liberal conservador que se habría permitido alguna distancia de la dictadura pero sin Cox no habría sido esa vidriera de denuncia de la desaparición de personas.

-T: Sobre esas contradicciones de Cox y del propio diario, Nora Cortiñas dice en un momento que él las respetaba a las Madres, era portavoz de ellas, no de sus hijos a quienes consideraba “terroristas”.

-S.L.: Esa relación tan sólida con las Madres, con los fundadores del Cels se puede ver en las cartas que le escriben cuando él se va, que son emocionantes por dónde se lo mire. El Herald y Cox cambiaron vidas, el destino de familias. Él se fue el mismo año que tradujo al inglés un libro de Massera. Eso fue utilizado en el Juicio a las Juntas por un abogado para intentar menoscabar el testimonio de Cox. Esa contradicción cotidiana jugó un papel.

-T: Estuviste a cargo del diario cuando los derechos humanos formaban parte de la agenda oficial. ¿Qué pasaba en esa redacción en relación a esa agenda con la historia que tenía el diario?

-S.L.: Ni bien comencé tuve claro que el Herald tenía que reunirse con esa agenda de derechos humanos que había sido incluso anterior a Andrew, era una agenda que había sido reducida y por momentos olvidada. Me pareció que si en la memoria de muchos el Herald era el único diario que había denunciado la desaparición de personas, fuera eso un relato canonizado o no, era un punto de partida con el cual había que reencontrarse y fue primordial en los acontecimientos que ocurrieron esos años. El más importante fue el encuentro del nieto de Estela Carlotto. El Herald tenía que ser editorialmente contundente y amplificar esa voz, su análisis y la memoria histórica. También era necesario que atendiera los derechos humanos vulnerados, que tuviera una mirada crítica sobre cómo se comportó el kirchnerismo en la acusación a Milani, más allá de lo que resultó después esa acusación, también sobre Berni y liberal sobre derechos civiles, nuevas identidades. Eso era crucial. La redacción era muy solida para encarar ese punto de vista.

-T: ¿Cuánto pesó el idioma en la historia del Herald?

-S.L.: En muchas ocasiones fue una herramienta de protección, la confianza en que eso no iba a ser leído por el censor y no estoy hablando de mi época ni del 76, desde siempre.

En la dictadura fue una tabla de salvación por el puente con las embajadas y el gobierno de Carter en particular. El idioma brinda una distancia de traducción que por momentos es perjudicial porque cuando un presidente o un político dice algo crucial alguien lo toma, lo peina y o publica. En nuestro caso eso no era así y permitía parar la pelota y no comerte la curva.

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